
Venezuela, Tierra de Gracia: por qué salimos a marchar
El sábado 1 de agosto, Mérida se sumó a la Marcha para Jesús, la jornada que la iglesia venezolana realizó de forma simultánea en todo el país bajo el lema "Venezuela, Tierra de Gracia". Fueron horas de caminata bajo el sol, banderas, danza, alabanza en la plaza y un pueblo de rodillas orando por su nación.
Una sola voz en todo el país
No fue una actividad local. Ese sábado, en ciudades de todo el territorio nacional, congregaciones de distintas denominaciones salieron a las calles al mismo tiempo y con el mismo propósito.
Mérida respondió como responde Mérida: temprano, con familias completas, con paraguas contra el sol, con niños en hombros y abuelos caminando despacio pero caminando. Camisas blancas hasta donde alcanzaba la vista. Banderas tricolores de todos los tamaños, desde las de mano hasta una enorme que hizo falta cargar entre muchos.
Lo que más llamaba la atención no era el tamaño de la multitud, sino su composición. Había gente de congregaciones que no comparten estilo, ni estructura, ni énfasis doctrinal en cosas secundarias. Y ahí estaban, caminando en la misma dirección.
Eso, en sí mismo, ya es una declaración.
"Venezuela, Tierra de Gracia" no es una frase inventada para el afiche.
La expresión viene de la primera descripción que se hizo de estas tierras cuando fueron avistadas desde el mar: quien las vio quedó tan impresionado con su belleza que las llamó tierra de gracia. Cinco siglos después, la iglesia la retoma con otro sentido: no solo un territorio hermoso, sino un país sobre el cual reposa el favor de Dios.
Y hay que decirlo con honestidad: proclamar eso en el momento que atraviesa el país no es ingenuidad. Es fe.
Nadie que marchó ese día desconoce lo difícil que ha sido la última década para las familias venezolanas. Nadie olvidó a los que ya no están aquí, a los que se fueron buscando lo que aquí no encontraban, a los que se quedaron sosteniendo lo que se podía sostener. Marchar declarando gracia sobre la nación no fue negar la realidad. Fue negarse a que la realidad tuviera la última palabra.
Por qué la iglesia sale a la calle
Alguien podría preguntar qué sentido tiene caminar por la ciudad cantando. ¿No sería más útil quedarse orando en el templo?
Tres razones, y ninguna es política.
La primera es la intercesión. Pablo fue explícito: "Exhorto ante todo, a que se hagan rogativas, oraciones, peticiones y acciones de gracias, por todos los hombres; por los reyes y por todos los que están en eminencia, para que vivamos quieta y reposadamente" (1 Timoteo 2:1-2). Orar por la nación no es una opción devocional; es un mandato. Y una marcha es intercesión hecha con los pies.
La segunda es la visibilidad. Una iglesia que solo existe puertas adentro se vuelve invisible para la ciudad donde está. Salir a la calle es recordarle al vecino, al comerciante, al que pasa en moto, que hay una comunidad de fe viva en esta ciudad y que no le da vergüenza decirlo.
La tercera es la unidad. Difícilmente hay algo que hable más fuerte que ver a iglesias distintas caminando juntas. Jesús oró para que Sus discípulos fueran uno, "para que el mundo crea" (Juan 17:21). El testimonio de la unidad tiene una fuerza persuasiva que ningún sermón individual alcanza.
De rodillas en el asfalto
Hubo un momento en que la marcha se detuvo.
En medio de la calle, con la bandera extendida sobre el pavimento, la gente se arrodilló. Ahí terminaron las consignas y empezó la oración. Unos con la cara entre las manos, otros con los brazos levantados, otros simplemente en silencio.
Esa escena vale más que cualquier cifra de asistencia. Un pueblo de rodillas sobre su propia calle, orando por su tierra.
La plaza
La caminata desembocó en el casco central, donde estaba montada la tarima. Allí la jornada se convirtió en un servicio al aire libre: bandas, voces, danza con lienzos y faldas de colores, y una plaza llena cantando a pleno sol.
El equipo que ministró era en su mayoría joven. Eso no es un dato menor. Los que hoy están al frente de una tarima en la plaza principal de la ciudad son, en buena parte, muchachos que llegaron a una célula hace pocos años.
Hubo también palabra desde el púlpito y un tiempo final de oración por Mérida y por Venezuela.
Lo que nos llevamos
Volvimos a casa quemados por el sol y con los pies cansados. Pero también con algo más difícil de conseguir en este tiempo: esperanza con fundamento.
Porque la promesa sigue en pie: "Si se humillare mi pueblo, sobre el cual mi nombre es invocado, y oraren, y buscaren mi rostro, y se convirtieren de sus malos caminos; entonces yo oiré desde los cielos, y perdonaré sus pecados, y sanaré su tierra" (2 Crónicas 7:14).
La sanidad de una nación empieza por su iglesia. Y ese sábado, la iglesia de Mérida estuvo donde debía estar.
Gracias a cada hermano que caminó, a los equipos de logística, alabanza y danza, y a cada congregación hermana que se sumó. Nos vemos en la próxima.
