
Una iglesia con escoba en la mano: jornada de limpieza en Raúl Leoni
Salimos a las calles de nuestra comunidad de Raúl Leoni, pero esta vez no a repartir volantes ni a invitar a una reunión. Salimos con escobas, rastrillos y bolsas. Esta es la historia de una mañana de trabajo y de la razón por la que creemos que también eso es predicar.
Sábado por la mañana
No hubo plataforma, ni micrófono, ni música.
Hubo un grupo de hermanos que en lugar de dormir hasta tarde un sábado se levantó temprano, agarró lo que tenía en casa —escobas, palas, rastrillos, bolsas negras, un machete— y se fue a limpiar el barrio donde vive.
Empezamos por las calles. Malezas crecidas en las aceras, basura acumulada en las esquinas, hierba invadiendo el borde del asfalto. Trabajo sencillo y sin misterio: barrer, recoger, cortar, cargar. Hombres y mujeres, jóvenes y adultos mayores, todos con las manos sucias.
Nadie estaba posando para una foto. Se ve en las imágenes: la gente está agachada, doblada, con la cara al sol. Así se ve el servicio real, y no siempre queda bonito.
Buena parte del esfuerzo se concentró al rededor del estadio del sector.
Ese espacio no es un detalle menor en un barrio. Es donde juegan los muchachos las tardes que no tienen nada más que hacer. Y todos sabemos qué pasa cuando un lugar así se abandona: se llena de monte, se llena de basura, y después se llena de otras cosas peores.
Así que se barrió, se cortó la grama crecida en los bordes, se recogieron los desechos acumulados contra el muro y se limpiaron las orillas junto a la malla. Un trabajo lento, de estar en cuclillas arrancando hierba con la mano donde la herramienta no llegaba.
Por qué hacemos esto
Alguien podría preguntarnos —con razón— qué tiene que ver esto con la iglesia. Si nuestro trabajo no es predicar el evangelio, ¿qué hacemos barriendo calles?
La respuesta está en dos textos.
El primero es una orden que Dios le dio a un pueblo que vivía en una ciudad que ni siquiera era suya: "Procurad la paz de la ciudad a la cual os hice transportar, y rogad por ella a Jehová; porque en su paz tendréis vosotros paz" (Jeremías 29:7). El bienestar de la comunidad donde estamos plantados no es un asunto ajeno a la iglesia. Nos afecta. Nos incluye.
El segundo es de Jesús: "Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos" (Mateo 5:16). Fíjate en el orden. Primero ven, después glorifican. Hay una predicación que entra por los ojos antes de entrar por los oídos.
Un vecino que nunca ha pisado nuestra iglesia puede no tener interés en escuchar un sermón. Pero cuando ve que la gente de esa iglesia limpió la calle donde él camina y la cancha donde juega su hijo, algo se mueve. No porque hayamos comprado su atención, sino porque el amor cuando es concreto es difícil de ignorar.
Santiago lo dijo sin rodeos: "la fe, si no tiene obras, es muerta en sí misma" (Santiago 2:17).
El trabajo es amor hecho visible
Y hay algo más, que tiene que ver no con qué hicimos sino con cómo lo hicimos.
El trabajo es amor hecho visible. Cuando alguien hace bien una tarea —cualquier tarea— está diciendo sin palabras que le importa la persona que va a recibir el resultado. Y cuando la hace mal, también está diciendo algo.
Por eso la instrucción vale para todo: cualquiera sea tu trabajo, hazlo bien. Si te toca barrer, barre de tal manera que quien pase tenga que detenerse y pensar: aquí hubo alguien que hizo su trabajo con esmero. No para que te aplaudan. Para que el trabajo mismo hable.
Es el principio que Pablo le dio a gente que ni siquiera trabajaba para sí misma: "todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres" (Colosenses 3:23). No existe la tarea insignificante cuando el destinatario último es Dios.
Una acera a medio barrer predica una cosa. Una acera bien barrida predica otra.
Trabaja bien, ama bien. En el Reino son casi lo mismo.
Lo que también pasó
Hubo algo que no estaba en el plan y que quizás fue lo más valioso de la jornada: la conversación.
Mientras se trabajaba, hubo vecinos que se acercaron. Unos a preguntar quiénes éramos. Otros a agradecer. Otros simplemente a conversar en medio de la calle, apoyados en una herramienta. Los que salieron a limpiar terminaron también escuchando: de necesidades, de situaciones familiares, de cosas que la gente no cuenta en una reunión pero sí le cuenta a alguien que está barriendo su acera.
Eso es exactamente lo que buscamos. La visión celular no se trata de llenar un salón; se trata de estar presentes donde la gente vive. Y no hay presencia más creíble que la del que llega a servir sin pedir nada.
Gracias
A cada hermano que dedicó su sábado a esto: gracias. Lo que hicieron no va a salir en ningún informe de crecimiento ni va a subir ninguna estadística de asistencia. Pero quedó en la calle, quedó en la cancha y quedó en la memoria de los vecinos.
Raúl Leoni es nuestra comunidad. Aquí vivimos, aquí criamos a nuestros hijos y aquí Dios nos plantó. Cuidarla es parte del encargo.
La próxima jornada la anunciaremos por las células. Si vives en el sector y quieres sumarte —seas de la iglesia o no— eres bienvenido. Trae escoba.
