Universidad de la Vida: por qué ganar un alma no es el final, sino el principio
Eventos·Johnnatan Sánchez·25 ago. 2026

Universidad de la Vida: por qué ganar un alma no es el final, sino el principio

El primer Encuentro del año de la Universidad de la Vida. Aprovechamos esta primera cosecha del año para explicar qué es la UDV, por qué ocupa el lugar que ocupa dentro de la visión y qué principios bíblicos sostienen el proceso de consolidación.

La pregunta incómoda

Imagina que en tu célula alguien hace la oración de fe un martes en la noche. Hay gozo, hay abrazos, hay una foto. Y después, ¿qué?

Esa pregunta —lo que pasa después del sí— es una de las más determinantes en la vida de una iglesia. Porque una decisión sin acompañamiento se enfría en semanas. La persona vuelve a su casa, a su trabajo, a su entorno, y regresa a un ambiente que no cambió con ella. Si nadie la sostiene en ese tramo, lo que parecía una conversión termina siendo un buen recuerdo.

La Escritura nunca planteó la evangelización como un evento aislado. La Gran Comisión no dice "vayan y consigan decisiones"; dice "haced discípulos... enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado" (Mateo 28:19-20). Ganar es el primer peldaño, no el último. Y el peldaño inmediatamente siguiente tiene nombre propio: consolidar.

Ahí es exactamente donde está ubicada la Universidad de la Vida.

Qué es la Universidad de la Vida

La UDV es el proceso de consolidación del nuevo creyente dentro de la visión celular. No es una escuela de liderazgo ni un curso de teología: es el puente que lleva a alguien desde la decisión inicial hasta un caminar firme y propio con Cristo.

El proceso se articula en tres tiempos:

1. El Pre-Encuentro. Semanas de preparación en las que el nuevo creyente recibe fundamentos básicos de la fe y empieza a construir los dos hábitos que sostendrán todo lo demás: la lectura de la Biblia y la oración. Es también el tiempo en que el corazón se ablanda y se prepara para lo que vendrá.

2. El Encuentro. El retiro. Dos días apartados, lejos del ruido, donde la persona tiene un cara a cara personal con Dios. Es el centro del proceso.

3. El Pos-Encuentro. El regreso. Porque lo que Dios hace en la montaña hay que aprender a sostenerlo en la casa, en el trabajo y en la calle.

Los días 27 y 28 de marzo vivimos el segundo de esos tiempos. Treinta encuentristas de nuestra congregación principal de Mérida se trasladaron a las Cabañas de Mucuratay, en Tabay, acompañados por el equipo de la Universidad de la Vida que dirigen los pastores Luis y Maribel Tarazona.

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Lo que ocurrió allí ilustra tres principios que vale la pena entender.

Primer principio: Dios no se encuentra de paso

Si alguien hubiera entrado al salón durante una de las ministraciones, no habría visto una clase. Habría visto rostros contra el piso.

Ese detalle no es un exceso emotivo; es el patrón bíblico. Cada vez que un ser humano se topa de verdad con la presencia de Dios en la Escritura, lo primero que cede es la postura. Moisés se quita las sandalias. Josué cae sobre su rostro. Isaías, delante del trono, no dice "qué experiencia tan bonita", sino "¡Ay de mí! que soy muerto" (Isaías 6:5). Saulo de Tarso, el hombre más preparado de su generación, termina en tierra camino a Damasco.

Por eso el Encuentro se hace apartado. No es un capricho logístico ni un paseo. Es que hay cosas que Dios no trata en medio del ruido. Jesús mismo llevaba a sus discípulos aparte, a un lugar desierto, cuando quería formarlos de verdad (Marcos 6:31). El aislamiento físico no es el objetivo: es la condición que permite que la persona deje de administrar su imagen y se muestre tal como es.

Y allí, sin público al cual impresionar, es donde ocurre lo real.

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Segundo principio: la sanidad no es un extra, es parte del proceso

Hubo momentos del Encuentro que no estaban en el cronograma. Alguien rompió en llanto y otra persona se acercó, puso las manos sobre sus hombros y se quedó allí. Sin discurso, sin apuro.

Para algunos eso sería una interrupción del programa. Para nosotros es el programa.

Aquí está una de las verdades centrales de la consolidación: una persona puede recibir a Cristo y seguir cargando todo lo que traía. El perdón es instantáneo; la sanidad del alma es un proceso. Y si ese proceso no se atiende temprano, las heridas viejas terminan gobernando la vida nueva. El rechazo hará que busque aprobación donde no debe. La amargura le impedirá perdonar a quien Dios ya perdonó. La culpa lo mantendrá escondido de todo lo que Dios quiera darle.

Jesús le preguntó al paralítico de Betesda "¿Quieres ser sano?" (Juan 5:6) antes de mandarlo a levantarse y andar. Primero la sanidad, después el caminar. Ese orden no ha cambiado.

Por eso el Encuentro toca las áreas que duelen: no para exponer a nadie, sino para desactivar lo que estorbaría el crecimiento más adelante.

Tercer principio: nadie se forma solo

Fuera del salón, la formación continuó. Bajo los árboles y en los kioscos, el grupo se dividió: los hombres por un lado, las mujeres por otro, los jóvenes con sus facilitadores. Conversaciones largas, preguntas reales, cosas que no se dicen delante de treinta personas pero sí delante de seis.

Tampoco es improvisación. Es la visión celular aplicada a la consolidación.

Jesús predicó a multitudes, pero formó a doce. El discipulado no se transfiere por transmisión masiva; se transfiere en proximidad. Y cuando el trabajo se hace en grupos pequeños ocurren tres cosas que un auditorio no puede producir: el nuevo creyente deja de esconderse, la enseñanza se vuelve específica para su historia, y aparece el vínculo relacional que lo sostendrá cuando baje de la montaña.

Porque ese es el punto que a veces se olvida: el encuentrista no regresa a un programa, regresa a una familia.

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Lo que sigue para ellos

Bajar de Mucuratay no fue el final. Fue el arranque del Pos-Encuentro, y ahí es donde se define si lo recibido echa raíz.

Quienes participaron regresan ahora a sus casas, a sus células y a sus líderes. Lo que les toca no es guardar el recuerdo, sino construir sobre él: leer la Palabra a diario, orar, congregarse, dejarse acompañar. Y más adelante, cuando ese caminar esté firme, dar el siguiente paso de la escalera —el discipulado— para convertirse ellos mismos en quienes lleven a otros al mismo lugar donde ellos fueron transformados.

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Porque ese es el fruto real de un Encuentro. No se mide en cuántos lloraron. Se mide en cuántos, un año después, siguen de pie.

A los pastores Luis y Maribel Tarazona y a todo el equipo de la Universidad de la Vida: gracias por sostener este proceso.

Si conoces a alguien que dio su vida a Cristo recientemente, no lo dejes solo. Habla con tu líder de célula sobre cómo integrarlo al próximo ciclo de la Universidad de la Vida.