Te vuelvo a escoger: la mañana en que nuestros matrimonios dijeron SÍ OTRA VEZ
Eventos·Johnnatan Sánchez·25 ago. 2026

Te vuelvo a escoger: la mañana en que nuestros matrimonios dijeron SÍ OTRA VEZ

Dentro de los días de convención, los pastores Jesús y Patricia Laya trajeron a Mérida SÍ OTRA VEZ, el evento para parejas que desarrollan desde Barinas. Una mañana con dos tiempos de enseñanza, ministración pareja por pareja y un almuerzo de cierre con rosas, velas y música en vivo. Esta es una carta para los matrimonios de la casa —los que estuvieron y los que no— sobre lo que allí pasó y por qué importa.

A los matrimonios de esta casa:

Queremos escribirles directamente a ustedes.

Durante los días de la convención hubo enseñanza para la iglesia, hubo ministración para el liderazgo, hubo celebración por nuestros dieciséis años. Pero hubo una jornada que no fue para la iglesia en general. Fue para ustedes.

Se llamó SÍ OTRA VEZ, y el nombre lo dice todo.

Porque hubo un día en que cada uno de ustedes dijo que sí. Con nervios, con ilusión, con gente mirando. Ese sí fue real. Pero cualquier matrimonio con algunos años encima sabe una verdad que nadie te explica en la boda: aquel sí no alcanza para toda la vida. Hay que volver a decirlo. Muchas veces. Y casi siempre en circunstancias mucho menos románticas que aquella.

Se dice que sí otra vez cuando hay cansancio. Cuando el mes fue duro. Cuando llevan semanas hablando solo de logística y de niños. Cuando uno de los dos falló y el otro tiene que decidir si perdona. El amor que sostiene un matrimonio no es el que se siente el primer día; es el que se escoge el día número mil.

De eso se trató esa jornada.

Primero, la mesa de trabajo

La mañana no arrancó con decoración sino con Biblia abierta.

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Fueron dos tiempos de enseñanza dictados por los pastores Jesús y Patricia Laya, y ese orden importa: primero se trabajó, después se celebró. Porque un evento de parejas que solo entrega ambiente bonito produce una emoción de fin de semana; uno que entrega herramientas produce cambios que sobreviven al lunes.

Que fueran ellos quienes enseñaran tampoco es un detalle menor. Los pastores Laya no hablaron desde una teoría del matrimonio, sino desde el suyo. Y ese es un principio que vale subrayar: en este tema, la autoridad no viene del título ministerial sino de la vida compartida. Un matrimonio se aprende viendo otro matrimonio, igual que la fe se transmite mejor por contagio que por instrucción.

Ustedes llegaron con cuaderno, no con ropa de gala. Y esa es exactamente la actitud con la que se trabaja un matrimonio.

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Después, la ministración

Terminadas las enseñanzas vino el momento más significativo de la jornada: la ministración pareja por pareja.

Frente con frente, tomados de las manos, mientras se oraba sobre cada historia particular. Ninguna pareja llegó con la misma necesidad: unos vinieron a agradecer, otros a reparar, otros simplemente a respirar. Eso no se atiende con una oración general desde la plataforma; se atiende mirando a la gente.

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Y para cerrar, el almuerzo

Mesas vestidas de blanco. Velas encendidas. Una rosa roja para cada esposa. Un fondo con un corazón para las fotos que hoy están en los teléfonos de ustedes.

Puede parecer superficial hablar de manteles y de flores en un artículo de iglesia. No lo es. La atmósfera comunica. Cuando una pareja entra a un lugar preparado con esmero, el mensaje que recibe antes de que nadie hable es: tu matrimonio vale el esfuerzo. Y muchos necesitaban escuchar exactamente eso.

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Se sentaron a la mesa. Comieron sin apuro, sin niños alrededor, sin teléfono en la mano. Para varios de ustedes, esa fue la primera comida a solas en meses. Nos dimos cuenta.

Y de fondo, música en vivo. El saxofón sonando desde la plataforma mientras las parejas conversaban le puso al almuerzo algo que ninguna lista de reproducción consigue: presencia. Alguien de la casa entregando su talento para que otros pudieran mirarse a los ojos con calma. Eso también es servicio, aunque no lleve micrófono ni predique.

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Tres cosas que quedaron dichas

Si tuviéramos que resumir lo que esa jornada dejó sobre la mesa, serían estas:

1. El matrimonio no se sostiene solo. Se desgasta por defecto. Lo que no se cuida intencionalmente, se enfría. Nadie llega a un buen matrimonio por inercia; se llega por decisión repetida.

2. Los dos están del mismo lado. El conflicto es contra el problema, no contra la persona. "Ya no son dos, sino una sola carne" (Mateo 19:6). Cuando uno gana la discusión y el otro pierde, en realidad perdieron los dos.

3. Hay un tercero en el pacto. El matrimonio cristiano no es un acuerdo entre dos personas fuertes; es un pacto sostenido por Dios. Por eso "cordón de tres dobleces no se rompe pronto" (Eclesiastés 4:12).

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Y ahora

Las velas se apagaron y las rosas ya se marchitaron. Es lo que hacen las rosas.

Pero lo que se enseñó esa mañana no tiene por qué marchitarse con ellas. Lo que se dijo frente a frente sigue siendo válido el lunes, y el martes, y el mes que viene cuando vuelvan el cansancio y la rutina.

Así que les dejamos una tarea sencilla, para esta semana:

Siéntense los dos, sin teléfonos, y díganlo otra vez. No hace falta un salón decorado ni un pastor invitado. Hace falta lo mismo que hizo falta aquel primer día: dos personas dispuestas y Dios en medio.

Y si su matrimonio está en un lugar difícil ahora mismo, no esperen al próximo evento. Hablen con su líder de célula o con el pastorado. No hay nada que dé más gloria a Dios que un matrimonio restaurado, y no hay nada que Él haga con más gusto.